lunes, 21 de marzo de 2016

MEDITACIÓN LXXXII (22 DE MARZO)

 MEDITACIÓN LXXXII
(22 DE MARZO) 

Sobre los diversos caracteres de la conciencia y el amor propio.  



Punto 1°.- Una conciencia recta es un guía seguro y fiel que no nos disfraza nada, no tenemos más que escucharle para saber el camino que debemos seguir. La conciencia recta es un juez severo que no nos perdona nada: al menor pecado que cometemos nos hace escuchar sus reproches; nos advierte de nuestros extravíos, y nos hace avergonzarnos de ellos. Reproches saludables, útiles advertencias, ¡dichoso el que está atento a escucharlos y seguirlos!

Punto 2°
.- El amor propio, por el contrario, es un guía falso y engañador que nos disfraza todo; nos oculta la extensión de nuestros deberes, les pone límites, los debilita, interpreta falsamente la ley de Dios; nos presenta mil pretextos especiosos para eludirla o para restringirla: es un juez siempre indulgente que nos perdona todo; encuentra siempre razones para justificarnos; habla siempre en favor de las dispensas, y nunca por el rigor y por la severidad de la ley. Hay pues una contrariedad perpetua entre nuestra conciencia y nuestro amor propio; y no nos podríamos creer de cuánta consecuencia para nuestra salvación es sostener esta contrariedad y preferir las sabias advertencias de una conciencia recta a los consejos perniciosos de nuestro amor propio. Las tinieblas del uno ofuscan fácilmente las luces de la otra; y todo está perdido cuando los dos estén de acuerdo.   

Oración Universal

Para servir de preparación a la lectura de esta obra (rezar diario al término de cada meditación).

Dios mío, yo creo en vos, fortificad mi fe; espero en vos, asegurad mi esperanza; os amo, redoblad mi amor; me arrepiento de haber pecado, aumentad mi arrepentimiento. 

Yo os adoro como a mi primer principio, os deseo como a mi último fin, os doy gracias, como a mi perpetuo bienhechor, y os invoco como a mi soberano defensor. 

Dios mío, dignaos arreglarme por vuestra sabiduría, sostenerme por vuestra justicia, consolarme por vuestra misericordia y protegerme por vuestro poder

Yo os consagro mis pensamientos, mis palabras y mis acciones, a fin de que de ahora en adelante no piense sino en Vos, no hable sino de Vos y no sufra sino por Vos. 

Señor yo quiero lo que vos queréis, porque vos lo queréis, como vos lo queréis y por el tiempo que vos lo queréis. 

Yo os suplico que ilustréis mi entendimiento, inflaméis mi voluntad, purifiquéis mi cuerpo y santifiquéis mi alma. 

Dios mío, ayudadme a expiar mis pecados pasados, a vencer las tentaciones venideras, a corregir las pasiones que me dominan y a practicar las virtudes que me convienen. 

Llenad mi corazón de ternura por vuestras bondades, de aversión por mis culpas, de celo para con mi prójimo y de desprecio por el mundo. 

Que yo procure, ¡Oh Señor! Ser sumiso para con mis superiores, caritativo con mis inferiores, fiel con mis amigos e indulgente con mis enemigos. 

Venid a mi socorro ¡oh Dios mío! para poder vencer la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la limosna, la ira con la dulzura, y la tibieza con la devoción.  

Dios mío, hacedme prudente en las empresas, animoso en los peligros, paciente en las adversidades y humilde en la prosperidad. 

No permitáis que olvide nunca el juntar la atención en mis oraciones, la templanza en mis comidas, la exactitud en mis empleos y la constancia en mis resoluciones. 

Señor, inspiradme el cuidado de tener siempre una conciencia recta, un exterior modesto una conversación edificante y una conducta regular. 

Que yo me aplique sin cesar a dominar la naturaleza, a secundar la gracia, a guardar la fe y a merecer la salvación

Dios mío, descubridme cuanta es la pequeñez de la tierra, la grandeza del cielo, la brevedad del tiempo y lo largo de la eternidad

Haced que me prepare para la muerte, que tema vuestro juicio, que evite el infierno y que obtenga en fin la bienaventuranza por Jesucristo Nuestro Señor.

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