martes, 18 de octubre de 2016

MEDITACIÓN CCXCIII (19 DE OCTUBRE)



MEDITACIÓN CCXCIII 
(19 DE OCTUBRE)

Del celo impaciente.  




Punto 1°.- Aun cuando este celo fuera laudable por su motivo, se hace vicioso por sus efectos. Quisiéramos que en el instante que hablamos, todo el mundo cambiará de semblante que todos los abusos fueran reformados, todas las faltas reparadas, todos los desórdenes reprimidos, y todas las pasiones sometidas al imperio de la razón y del deber. Y como es difícil que el celo pueda tener un éxito tan pronto y completo como deseamos, nos enfadamos y nos irritamos contra los culpables; les hacemos todo el mal que creemos que merecen, y les deseamos todavía más de lo que podemos hacerles.   

Punto 2°.- La impaciencia destruye el mérito del celo, porque es contraria al espíritu de Dios. Esto es lo que hizo entender Jesucristo a aquellos dos discípulos que pedían que el fuego del cielo abrazase la ciudad de los Samaritanos: No sabéis, les dijo, cuál es el espíritu que os hace hablar. Creéis estar animados del espíritu de Dios, pero os engañáis. Es vuestro propio espíritu, es un espíritu de acrimonia y de venganza el que os inspira un designio tan bárbaro: no percibo en él más que el celo del hombre, no reconozco el celo de Dios.     



Oración Universal


Para servir de preparación a la lectura de esta obra (rezar diario al término de cada meditación).

Dios mío, yo creo en vos, fortificad mi fe; espero en vos, asegurad mi esperanza; os amo, redoblad mi amor; me arrepiento de haber pecado, aumentad mi arrepentimiento. 

Yo os adoro como a mi primer principio, os deseo como a mi último fin, os doy gracias, como a mi perpetuo bienhechor, y os invoco como a mi soberano defensor. 

Dios mío, dignaos arreglarme por vuestra sabiduría, sostenerme por vuestra justicia, consolarme por vuestra misericordia y protegerme por vuestro poder

Yo os consagro mis pensamientos, mis palabras y mis acciones, a fin de que de ahora en adelante no piense sino en Vos, no hable sino de Vos y no sufra sino por Vos. 

Señor yo quiero lo que vos queréis, porque vos lo queréis, como vos lo queréis y por el tiempo que vos lo queréis. 

Yo os suplico que ilustréis mi entendimiento, inflaméis mi voluntad, purifiquéis mi cuerpo y santifiquéis mi alma. 

Dios mío, ayudadme a expiar mis pecados pasados, a vencer las tentaciones venideras, a corregir las pasiones que me dominan y a practicar las virtudes que me convienen. 

Llenad mi corazón de ternura por vuestras bondades, de aversión por mis culpas, de celo para con mi prójimo y de desprecio por el mundo. 

Que yo procure, ¡Oh Señor! Ser sumiso para con mis superiores, caritativo con mis inferiores, fiel con mis amigos e indulgente con mis enemigos. 

Venid a mi socorro ¡oh Dios mío! para poder vencer la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la limosna, la ira con la dulzura, y la tibieza con la devoción.  

Dios mío, hacedme prudente en las empresas, animoso en los peligros, paciente en las adversidades y humilde en la prosperidad. 

No permitáis que olvide nunca el juntar la atención en mis oraciones, la templanza en mis comidas, la exactitud en mis empleos y la constancia en mis resoluciones. 

Señor, inspiradme el cuidado de tener siempre una conciencia recta, un exterior modesto una conversación edificante y una conducta regular. 

Que yo me aplique sin cesar a dominar la naturaleza, a secundar la gracia, a guardar la fe y a merecer la salvación

Dios mío, descubridme cuanta es la pequeñez de la tierra, la grandeza del cielo, la brevedad del tiempo y lo largo de la eternidad

Haced que me prepare para la muerte, que tema vuestro juicio, que evite el infierno y que obtenga en fin la bienaventuranza por Jesucristo Nuestro Señor.

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