lunes, 11 de abril de 2016

MEDITACIÓN CIII (12 DE ABRIL)

MEDITACIÓN CIII
(12 DE ABRIL)  

Sobre el aborrecimiento al pecado.  



Punto 1°.- Debemos aborrecer el pecado porque desagrada a Dios; y como no hay ningún pecado que no le desagrade, no hay ninguno que no estemos obligados a aborrecer: no hay reserva ni excepción en el aborrecimiento que Dios tiene por todo lo que se llama pecado: y así no debe haber ni excepción ni reserva en esta aversión saludable que un pecador que quiere convertirse a concebido por todo lo que desagrada a Dios. Esta aversión se extiende hasta los objetos que le llevan al pecado, hasta las ocasiones capaces de comprometerlo en él. Descended aquí hasta los abismos de vuestra conciencia: ¿No hay algún pecado, algún hábito, alguna ocasión peligrosa, que no podéis resolveros a sacrificar porque estáis adherido a ella más que a todo lo demás?   


Punto 2°.- Debemos aborrecer el pecado para siempre. Si la cólera de Dios contra el pecado fuera capaz de disminuirse: si lo aborreciese más en un tiempo que en otro; si los pecados de la juventud le pareciesen más ligeros que los de la edad madura; si los desórdenes que se han hecho costumbre pudiesen encontrar gracia a sus ojos, nuestro aborrecimiento contra el pecado podría crecer o disminuir según los usos, según los días y según las edades. Pero no: el aborrecimiento que Dios tiene al pecado, es constante he invariable, es independiente de los tiempos y de las vicisitudes de los años y de los siglos, y así, la nuestra debe, si es posible, igualar a la suya; y cuando se renuncia una vez al pecado, es preciso renunciarle para siempre.  

Oración Universal

Para servir de preparación a la lectura de esta obra (rezar diario al término de cada meditación).

Dios mío, yo creo en vos, fortificad mi fe; espero en vos, asegurad mi esperanza; os amo, redoblad mi amor; me arrepiento de haber pecado, aumentad mi arrepentimiento. 

Yo os adoro como a mi primer principio, os deseo como a mi último fin, os doy gracias, como a mi perpetuo bienhechor, y os invoco como a mi soberano defensor. 

Dios mío, dignaos arreglarme por vuestra sabiduría, sostenerme por vuestra justicia, consolarme por vuestra misericordia y protegerme por vuestro poder

Yo os consagro mis pensamientos, mis palabras y mis acciones, a fin de que de ahora en adelante no piense sino en Vos, no hable sino de Vos y no sufra sino por Vos. 

Señor yo quiero lo que vos queréis, porque vos lo queréis, como vos lo queréis y por el tiempo que vos lo queréis. 

Yo os suplico que ilustréis mi entendimiento, inflaméis mi voluntad, purifiquéis mi cuerpo y santifiquéis mi alma. 

Dios mío, ayudadme a expiar mis pecados pasados, a vencer las tentaciones venideras, a corregir las pasiones que me dominan y a practicar las virtudes que me convienen. 

Llenad mi corazón de ternura por vuestras bondades, de aversión por mis culpas, de celo para con mi prójimo y de desprecio por el mundo. 

Que yo procure, ¡Oh Señor! Ser sumiso para con mis superiores, caritativo con mis inferiores, fiel con mis amigos e indulgente con mis enemigos. 

Venid a mi socorro ¡oh Dios mío! para poder vencer la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la limosna, la ira con la dulzura, y la tibieza con la devoción.  

Dios mío, hacedme prudente en las empresas, animoso en los peligros, paciente en las adversidades y humilde en la prosperidad. 

No permitáis que olvide nunca el juntar la atención en mis oraciones, la templanza en mis comidas, la exactitud en mis empleos y la constancia en mis resoluciones. 

Señor, inspiradme el cuidado de tener siempre una conciencia recta, un exterior modesto una conversación edificante y una conducta regular. 

Que yo me aplique sin cesar a dominar la naturaleza, a secundar la gracia, a guardar la fe y a merecer la salvación

Dios mío, descubridme cuanta es la pequeñez de la tierra, la grandeza del cielo, la brevedad del tiempo y lo largo de la eternidad

Haced que me prepare para la muerte, que tema vuestro juicio, que evite el infierno y que obtenga en fin la bienaventuranza por Jesucristo Nuestro Señor.

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