III. LA
REVOLUCION, HIJA DE LA INCREDULIDAD.
Para
juzgar la Revolución, hasta saber si se
cree o no en Jesucristo. Si Cristo es Dios hecho Hombre, si el Papa es su
Vicario, si la Iglesia es obra suya y tiene su misión, claro está que tanto las sociedades como los individuos
deben obediencia a los mandamientos del Papa y de la Iglesia, que son los
mandatos de Dios mismo.
La Revolución,
que pone por principio la independencia absoluta de las sociedades para con la
Iglesia, es
decir, la separación de la Iglesia y del Estado, declara por eso solo que no cree en el Hijo de Dios y es juzgada de
antemano, según las palabras del Evangelio.
Resulta,
pues, que la cuestión revolucionaria es también una cuestión de fe. Cualquiera que crea en Jesucristo y en la
misión de su Iglesia, no puede ser revolucionario, si es lógico, y cualquier
incrédulo, cualquier protestante, dejará de serlo si no adopta el principio
apóstata de la Revolución, y no combate á la Iglesia bajo su bandera. En efecto,
la Iglesia católica, si no es divina, usurpa de un modo tiránico los derechos
del hombre.
Jesucristo,
¿es Dios? ¿Le pertenece el poder infinito en el cielo y en la tierra? Los
Pastores de la Iglesia y el Sumo Pontífice a su cabeza, ¿tienen ó no tienen por
derecho divino la misión de enseñar a todas las naciones y a todos los hombres
lo que es preciso hacer ô evitar para cumplir la voluntad de Dios? ¿Existe
acaso un hombre, príncipe o vasallo, existe una sociedad que tenga el derecho
de rechazar esta enseñanza infalible, o de sustraerse a esta alta dirección
religiosa? Ahí está todo. Es una
cuestión de fe, de catolicismo. El estado deba obediencia al Dios vivo, lo
mismo que la familia y el individuo. Es cuestión de vida, tanto para el uno
como para el otro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario